lunes, 5 de julio de 2010

Cuaderno de trabajo


Armando nació hace 45 años en un barrio de la ciudad antigua. Era hijo único. Igual que su padre. Éste había heredado el puesto de su propio padre como portero. Un edificio en el que todos los residentes tenían criada: Muchachas para la época, apenas adolescentes en realidad, -así me lo parece cuando me enseñan las fotografías que conservan-, lucían vestidos que confeccionaban las señoras de la casa; algunas, las más pudientes, las trajeaban con uniforme. Y para qué buscar más lejos: El padre de Armando rondó a una de las criadas, la del segundo. Dos años de noviazgo y la criada dejó a su señora y buscó acomodo en el bajo del piso donde se encontraba la portería: Una sala rectangular de treinta metros cuadrados, con un váter y un lavabo de pie, con una hornilla de carbón en una de las esquinas, una cómoda y un armario que compraron de segunda mano, y un colchón de lana tirado en el suelo. Les pregunto por su pasado; el padre me cuenta que fueron felices, pero cuando le insisto y le pido que lo piense detenidamente, siento que todo se dibuja de una falsa nostalgia para no pensar en su presente. Esta impresión la anoto en el cuaderno de trabajo.

La actual vida familiar no va bien económicamente. El padre de Armando nunca estuvo contratado y tiene una pensión no contributiva, la misma que tiene su mujer. Algunas temporadas trabajó como empleada de hogar, pero nunca permaneció mucho tiempo en la misma casa, salvo los tres años que trabajó en el piso del segundo donde estaba la portería. Comenta el padre que la señora hizo una obra de caridad. Después de tantas molestias, tantos favores pedidos, tantos intentos por parte del marido, la mujer, finalmente, se quedó en casa y hoy apenas sale a la calle. Algunas noches baja la basura, pero el marido tiene que salir a buscarla porque se olvida de subir. Varias noches se ha dormido en la butaca y, al despertar de madrugada, ha bajado a por ella aunque siempre se sienta en uno de los bancos de una plaza próxima. Esta información también la anoto en mi cuaderno de trabajo.

Este, escribo, podría ser el resumen de sus vidas laborales y de su vida cotidiana.

En cuanto a la historia familiar, al jubilarse, los tres se trasladaron a un piso de alquiler en un barrio de la ciudad, y allí viven todavía. Armando, acudió poco a la escuela. No le gustó nunca. Su padre me cuenta que prefería acudir al río a tirar piedras, pelearse con los niños que no eran de su pandilla, soportar el tirón de las patillas del cura antes que acercarse a la lectura de un libro escolar. Armando era un sin remedio. Ese fue el juicio del cura. Ni para un oficio vale este niño. Tal cual lo escucha usted, recuerda el padre que fueron las palabras que le dijeron.

Cuando cumplió 10 años, Armando, mutó su carácter. Lo anoto en mi cuaderno de trabajo. Hasta entonces abierto a la relación con los demás, de la noche al día, según explica su padre, Armando dejó de frecuentar a sus amigos. Volvía a casa y su padre le preguntaba qué había hecho: No sé, padre, por ahí, dando vueltas. ¿Con los amigos? No, padre, he dado vueltas solo. ¿Te pasa algo? Sí, pero no sé explicarme; no me gusta madre, ni como cocina, ni como huele; tampoco me gusta usted, padre; no sé, quisiera tener otra casa, otra madre, otro padre. El padre de Armando optó por no preguntar más y, desde entonces, sus conversaciones nunca han sido directas. Ahora que los acompaño de forma cotidiana mientras valoro el caso, ambos conversan como si el otro no estuviera; de hecho, Armando, camina delante del padre, y el padre sigue al hijo, pero sin seguirlo, como si pasearan solos: Habría que echarle de comer a los gatos, dice el padre. El hijo camina, ajeno, hasta que coge la bolsa de plástico con los restos de comida y se acerca a la ventana del piso bajo, hoy desocupado, y unos gatos salen a recibirlo a la busca de su ración diaria. No me gusta andar tan despacio, dice en otro momento el hijo mientras vaga por la acera como si su queja fuese un reproche contra sí mismo, una orden impuesta contra su voluntad. El padre, entonces, acelera su andar cansado; se percibe por el sonido de las suelas de sus zapatillas de paño al restregarlas por el suelo. El hijo no sonríe por su victoria, no se vuelve a su padre y, ni siquiera cambia el ritmo en su andar; el padre, después de varios pasos desacelera por el cansancio, vuelve las manos a la espalda y continua su caminar sin rumbo aparente a la espera de que su hijo lo guíe o, si se le antoja, sugiera en voz alta que lo que quisiera es ir a casa a sentarse. Armando, tal vez cambie el itinerario y se dirija a casa, tal vez camine sin darse por enterado hasta que exprese que está cansado y quiere volver a casa.

Hemos pasado mucho, sabe usted; hemos pasado mucho con el niño, me cuenta la madre mientras padre e hijo miran el televisor apagado. En el comedor hay un mesa, dos butacas y un par de sillas. La televisión está sobre un cajón de madera y algunos cuadros pequeños de desconocidos paisajes, -quizá antaño alegres, pero al contemplarlos hoy se me antojan desolados-, cuelgan de las paredes laterales de la sala. En la pared opuesta al televisor, un mueble con estanterías vacías. Cuénteme usted, le pido a la madre. Esta noche voy a coser un poco porque me han dado unas gafas para ver de cerca. Ya, respondo; me doy un breve tiempo antes de insistir: Por qué han pasado tanto con su hijo. Venga usted, voy a enseñarle el traje que le he hecho a una de mis muñecas. El padre se levanta de una de las butacas y nos sigue al dormitorio donde el matrimonio duerme y donde, junto a ellos, habitan tres muñecas de casi un metro de altura, sonrientes, de ojos azules y pelo dorado. La madre de Armando coge una de sus muñecas en brazos y la besa como quien besa a un hijo. Cuando vino del cuartel, Armando, comenzó a engordar. Un día trajo una radio grandísima y escuchaba la música a todo volumen. Nunca le dijimos nada. Los vecinos sí. La policía vino en alguna ocasión y, después de apagarle la radio, Armando, se sentaba en su cama y miraba por la ventana. Nunca había fumado, pero comenzó a fumar..., usted ya me entiende, porros. Lo supe porque uno de los señoritos del edificio donde trabajé de portero, fumaba a diario en su casa y los demás vecinos lo criticaban. Pero el señorito era médico, tenía mundo y decía que aquello le calmaba el sufrimiento. Armando, un buen día, dejó de fumar y también de comer. Por eso está tan delgado ahora cuando hace unos años no cogía por esa puerta. De aquellos años lo único que conserva es el pelo largo. Yo no me meto. Si lo quiere llevar largo y recogido con una cola, pues no hace daño a nadie. Cuando hagas la comunión se acabarán los problemas, le dice la madre a una de sus muñecas, y su marido deja de contarme cosas de Armando. Lo anoto en mi cuaderno de trabajo.

El pasado martes terminé mi informe para el médico de familia. Durante un mes visité a Armando y su familia. El mayor problema era la organización doméstica, escribí en el diagnóstico. Una organización que recae en la madre, si bien su coeficiente intelectual aparente le impide llevarla a cabo. Los ingresos apenas cubren los gastos familiares. Se deriva el caso a los servicios sociales comunitarios para su valoración y atención.

Ayer me llamó la policía y tuve que acudir a comisaría para declarar. Armando había matado a sus padres. Mientras dormían les ató las manos al baral de la cama. Primero mató a su madre y luego a su padre. La causa de la muerte: asfixia. Utilizó sus propias manos. También le arrancó la cabeza a las tres muñecas. Las cabezas las colocó sobre la almohada, al lado de su madre, y los restos de los cuerpos los dejó de pie, frente a los cadáveres. No había signos de más violencia, me informó el policía. Armando, le dijo a la vecina lo que había hecho y pidió por favor que avisara a la policía. Nadie había escuchado nada. Sólo a Armando cuando pidió que avisaran a la policía. Nunca les había hablado antes desde que llegaron al piso. Después de unas preguntas de rutina, -cuyas respuestas podían encontrarse en mi informe profesional-, tan burocráticamente familiares, y cuyo estilo mantuve en las respuestas que ofrecí, salí a la calle y volví a mi casa.

Yo también me siento solo. No sé si culpable. No llego a identificar la culpabilidad de forma nítida. Yo, que siempre quise ser escritor, dejo aquí constancia en mi cuaderno de lo acontecido. Quizá algún día este material me sea útil.

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