
lunes, 21 de junio de 2010
Junio

viernes, 28 de mayo de 2010
No era necesario saber
incero, saber de ella fue algo que llegó a obsesionarnos, porque nunca habíamos conocido una mujer como ella. Era diferente, no sabría decirlo de otra forma, como una aparecida entre nosotros, un ser no sé si enigmático, no sé si extraordinario. Durante estos años, nos ofreció solamente pinceladas de su biografía, -¿acaso existe otra forma de conocimiento personal?-: Estaba separada y había recorrido el país durante los años setenta, tras abandonar sus estudios de Derecho. Una vez, borracha, -cosa habitual en cualquier acto festivo de nuestra firma-, sin apenas poder sostenerse de pie, nos contó que se había marchado con un tipo y, en lugar de a California, como todos en aquel tiempo, recaló en el campo y se dedicó a cultivar maíz en una granja. En otra de sus sonadas borracheras contó que había tenido un hijo. Pero nunca supimos de él, nunca vimos su retrato, nunca una llamada. Así que nuestro entretenimiento favorito consistía en conjeturar: Lo abandonó, lo crió libre y lo mató el sarampión, el tétanos, cualquier enfermedad que tuviese remedio con una vacuna, o tal vez el hijo, insatisfecho, se quedó a vivir con su padre.
Su silencio no era terco. Creíamos que se trataba de un dolor que podíamos ver en su rostro, en la profundidad de sus ojos azules. Las mañanas en las que el día anterior habíamos cosechado un rotundo éxito con nuestra galería de arte, llegaba a la oficina pulcra y elegante, como si no hubiese bebido la noche anterior. Se sentaba junto a la máquina del café, encendía un cigarrillo y se quedaba pensativa; los codos los apoyaba en los muslos y se echaba el pelo rubio hacia delante, como si quisiera esconderse. Algunas veces guardaba silencio, otras murmuraba palabras en inglés y, al final, no paraba de decir tacos en español. Gritaba como si nadie estuviese allí, como si la oficina fuese su lugar íntimo. En ocasiones, hilábamos palabras, frases cortas y doloridas. Y nosotros, mientras, especulábamos y cada cual aportaba una escena que ofrecía una nueva dirección: María fue una persona libre; una hippy; una revolucionaria; una rebelde; una madre coraje; una niña mimada por el dinero de su padre; una egoísta, un ser fascinante; quizá más fascinante en el momento en el que la conocimos, más arrebatadora por su madurez, su inteligencia, su rectitud en el trabajo, cualquiera sabe.
Sucediese lo que sucediese en aquella granja, el caso es que volvió a Nueva York. Reanudó sus estudios en la universidad, finalizó Derecho y convirtió la firma de su padre en una empresa líder en el sector cultural: colecciones de arte, montajes teatrales, publicidad y edición de revistas de carácter literario.
María, contaba que todo lo había aprendido de su padre, pero las referencias siempre fueron profesionales. En cualquier caso, nunca apareció por Madrid ni nos consta que ella lo visitara. Parecía estar agradecida por sus enseñanzas, pero al tiempo afloraba una pesada carga de la que no había podido desembarazarse. Delante de El Greco, María, mencionaba la fuerza sobrecogedora de sus cuadros, la misma que le enseñó su padre a aprehender, y entonces hablaba de cada autor como si lo conociera, como si pudiera entablar una conversación con él. Yo siempre he querido pensar que, en realidad, utilizaba las palabras de su padre para no romper unos lazos que quizá existieran en la infancia. Ella ensalzaba el apego a una disciplina férrea, al conocimiento por el conocimiento. Un día me habló de la educación que Chaplin le había dado a sus hijos en férreos colegios ingleses pese a su actitud abierta. ¿No podía ser que, María, utilizara a Chaplin o a cualquier otro pintor para hablarnos de ella misma? Nosotros queríamos exponer nuestro punto de vista, discordante en muchas ocasiones, pero ella se perdía ante un cuadro y aquella imagen nos ensimismaba y, así, olvidábamos los contrastes.
El caso es que llegó a España con un bagaje profesional envidiable. Nos confesó que eligió nuestro país porque todo estaba por hacer, por el sol y porque éramos Tánatos, mientras que en su país todo era mediocre y podridamente rico. Se alejaba, así, del cosmopolitismo neoyorkino, pero al tiempo Madrid se hallaba muy cerca de los centros de arte más importantes de Europa. Porque nuestra filial se centró en la pintura exclusivamente: Éramos intermediarios en la compra y venta, exposiciones, muestras, investigación y publicación de revistas.
Pero en el fondo, nosotros pensábamos que María había buscado una ruptura. No se abandonaba la cuna del arte a cambio de sol. El arte era su vida. Cierto es que nos hizo ricos a todos. Pero en Nueva York el dinero se habría multiplicado. Sea como fuere, para nosotros fue un lujo que nos eligiera para trabajar en su empresa, y visitar así países, conocer a los artistas más importantes, gozar del glamour de las fiestas ante la apertura de una exposición. Realmente, éramos felices. Para nosotros aquello era tan rompedor, tan moderno pero, del mismo modo, tan fuerte con respecto al peso cultural que arrastrábamos, que nos hacía dudar, nos ponía en una tesitura comprometida y nos hacía parecer torpes, infantes asustados.
María, había creado un imperio y nosotros éramos sus lacayos, sus seguidores. Ella ponía la fuerza y la inteligencia y nosotros la lealtad. Y esa mezcla resultó explosiva y acrecentó su poder y nuestro deseo.
A veces se tomaba vacaciones y nunca sabíamos a dónde se marchaba. Y con la misma naturalidad hace unos meses, María, nos sorprendió otra vez: Lo dejaba todo. No queríamos creerlo porque nos hacía sentir huérfanos y ella era la esencia del negocio y, lo que ahora sabemos, de nuestras vidas. La decisión era firme y nos transmitiría su legado en España, su imperio, su arte.
Antes de marcharse me invitó a cenar y me anunció que yo debía jugar su papel en la empresa. Mientras hablaba, podía percibir que todo ese tema le importaba poco, había otras palabras escondidas que no se atrevía a expresar. Habló, pues, del negocio, del administrador, de los abogados, de las órdenes que habían recibido. Aproveché una pausa; no podía permitir que la noche transcurriera sin más, sin intentar arrancarle la verdad. Le pedí que, por una vez, se dejara de ironías, de miradas perdidas, de dictados profesionales. Le pedí, en fin, que dialogáramos, sin más, que por primera vez en todos aquellos años me mirara a la cara para decirme algo importante sobre ella. María, esbozó esa sonrisa que tan bien conocíamos y me dijo que lo único que podía retenerla era que dejara a mi mujer para casarme con ella. Entonces reímos, con total libertad, como nunca me había pasado con ella. Sin sarcasmos, le reproché; me merecía una explicación seria después de tantos años. María, sacó del bolso una lista de jóvenes artistas que yo no debía olvidar; con ellos seguiríamos triunfando. Según ella, el futuro les pertenecía y debíamos seguirles la pista, sin dudarlo. Al final, insistió en que la llevara a casa. Llegamos al portal de su casa y, sin mediar más palabras, me dio un beso tierno en los labios. Todo era muy simple: Necesitaba descansar, nada más, volver a donde había empezado. Luego me dio las gracias y antes de entrar al portal me lanzó un beso que dibujó un maravilloso círculo en su boca, la misma que tantas veces había quedado grabada con carmín en una copa de vino cualquiera.
viernes, 5 de marzo de 2010
El ayer es el mañana
Puede que ayer estuviese en la cama. No me acuerdo. La verdad es que no me acuerdo de nada, doctor. Por eso he decidido escribirle esta carta. Usted sabe que soy mayor, que los pies responden lentamente, exactamente igual que mi cabeza o que los dedos que sostienen esta pluma que se desliza lentamente por el papel. Usted dice que es normal que no recuerde lo que hice ayer y, en cambio, sí que puedo tener recuerdos de cuando era pequeño. El caso es que hasta cuando duermo, si es que duermo, yo soy este viejo que ahora le escribe. En la vida uno es muchas cosas, usted sabe. Cada día puedo verlo desde mi ventana: Uno es un bebé al que amamantan, luego un niño que arma jaleo en la casa, en el colegio, en la calle. Después; en fin, usted sabe, lo normal, la vida. En cambio, yo siempre he tenido la misma edad. Siempre fui una persona mayor. No recuerdo ni lo que hice ayer ni mi infancia si es que la tuve. No tengo una imagen siquiera fugaz de mis padres, de mis hermanos, de mi mujer, ¿de mis hijos? Ya sé que usted no da crédito a lo que le cuento. Lo sé, pero no por ello deja de ser veraz lo que le escribo. A veces, en mitad de la noche, cuando el ruido de los coches se calma y la carretera parece una senda dibujada por un infante burlón, creo que existen olores, sabores, voces familiares que quiero identificar con el pasado. Luego, nada. Y cuando digo nada, quiero decir, nada. Nada salvo esta carta, salvo este pensamiento que plasmo. Por eso, quizá, he decidido escribirle. Es, como si dijésemos, una prueba para comprender qué es el pasado. Vivo doctor, un presente continuado: Esta carta, estas letras. Sé que estoy vivo, así que estoy seguro que luego tendré que comer, tendré que sentarme delante del televisor para ver las horas pasar. Sé que ayer me afeité porque hoy no tengo barba. Sin embargo, busco; busco dentro de mí para intentar hallar el momento en el que me puse delante del espejo, en el que me embadurné la cara con la brocha cremada, en el que dejé deslizar la cuchilla por la mejilla, por el cuello. Pero nada. Nada, doctor.
Usted dice que yo soy un impostor, que le miento. Me ha hecho mil pruebas, como usted me recuerda en el último informe que tengo aquí delante y que me remitió el pasado día 27 de noviembre. Y nada. Cierto doctor: nada.
Pero usted sabe que no le escribiría para relatarle lo que parece que usted ya sabe: No tengo pasado porque no lo recuerdo, porque no tengo ni el menor de los recuerdos. Le escribo porque esta mañana, ahora, justo antes de ponerme a escribirle, he recordado que me levanté de la cama. Miré por la ventana y saboreé el olor húmedo del día, el frescor del asfalto mojado, el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre la baranda de mi balcón. Y lo que es más espeluznante, -en un sentido positivo, quiero decir-, sé que soñé quién fui en el pasado. No todo el tiempo, quiero decir, no me contemplé en evolución, sino que soñé quién fui yo cuando tenía 18 años y, esa sensación, ha sido tan potente que, en mi alma, sentí que esa imagen marcó el resto de mi vida y truncó mi pasado, mi futuro, este presente eterno. Recuerdo que en el sueño le contaba a alguien desconocido que tenía 18 años y que había nacido en Grecia. Quiero creer en ese sueño, doctor. Por eso le escribo. Necesito saber qué opinión le merece mi sueño. Usted, en su informe me cuenta todo lo que ha podido averiguar sobre mí, sobre mi identidad, según me ha escrito en diferentes informes que ahora mismo están esparcidos por la mesa en la que compongo esta carta. Papeles, partida de nacimiento, pasaporte. Usted me escribe que nací en Polonia en el año 1920. Sin embargo, esta mañana he sentido con tal intensidad que era un joven griego que le hablaba a un desconocido sobre mí. Hablaba en griego, mi pelo era griego, mi olor era griego, el paisaje era griego. No sé, doctor, estoy hecho un lío. La muerte está próxima. A ella sí que puedo olerla con total certeza, como ese olor griego que me ha inundado de pasado. Pasado fugaz, pero pasado a fin de cuentas. Sé que el mañana es para los jóvenes que pasean por la acera que contemplo desde mi ventana, como una pareja que, arrobada, camina de la mano cargada de mañana. Y yo, que no tengo más que este presente, necesito dejarle testimonio del recuerdo puntual que he tenido. Porque no era sólo un sueño. Me niego a pensar que ha sido una fantasía. Bien sabe usted que yo no fantaseo con mi identidad. Puede que piense que deliro. Puede ser. Pero ahora, mientras escribo, algunas palabras tienen un sabor pasado. Nunca antes me había sucedido. Al menos no lo recuerdo. Pero este sabor, en cambio, es vívido, limpio, como si se quedara flotando en mi cabeza y se alojara para siempre. Para siempre, doctor. Todo lo eterno está hecho a base de pasado, y es tan grato el sabor de ciertas palabras. Perdone que divague, mi divagación constante siempre fue tan improductiva. Sólo existe la interrogación de quién soy, con eso me basta, con tres hilos sueltos, tres vivencias que pongan rostro al nombre de los padres que usted me ha mostrado a través de mi registro de nacimiento. Algo más que mi nombre legal, la fecha de nacimiento o los títulos académicos que me otorgaron. En el sueño, doctor, yo era un soldado, un soldado griego apostado en unas rocas rodeado de gente asustada. Un soldado que tenía miedo a la vida y a la muerte. Miedo, doctor, miedo porque se me truncaba el futuro; miedo porque la muerte suponía abandonar aquel escenario bélico terrible, porque la muerte era la paz que me haría escapar de aquel sufrimiento, de ese momento en el que matas o te matan. Aparecía también... Disculpe, el teléfono suena. Vuelvo en seguida.
Releo esta carta, las últimas líneas y le he dicho que fui un soldado en un sueño. Pero el sueño se ha esfumado por la ventana, se ha unido al pasado incierto, a la falta de sintonía de esta memoria mía tan ingrata. Todo es un círculo que no encuentra dirección contraria, sin atisbo de una fractura que me lleve a saber quién he sido.
Un soldado de la Gran Guerra, un soldado que nació en Grecia por más que usted diga que nací en Barcelona. Un soldado sin pasado que mató a otros hombres con sus manos. Un soldado que, al contemplar ahora un mapamundi siempre centra su atención en Grecia. Yo, un soldado que nació en Grecia, no en Polonia. Un soldado que debió dejar su pasado en una roca, apostado con su fusil en mano a la espera de que la muerte lo encontrara. Al final, tuvo mala suerte y vivió tantos años como ahora tengo. Tantos años en los que la nada es la única esencia que me acompañará bajo tierra. Solo, sin nadie para recomponer mi destino. Porque doctor, el destino existe si se tiene pasado. Basta con mirar atrás para comprender que se ha vivido una vida marcada por el destino prefijado. Quizá mi destino fuese morir solo, sin nadie. Si ese ha sido mi destino, hubiese sido mejor morir apostado tras una roca en un campo ruinoso de piedras que estallaban por los aires. Buenas tardes, doctor. Como pone en la citación que ahora leo, espero su visita en mi domicilio el próximo día 1 de marzo.
martes, 12 de enero de 2010
La puerta azul

Lucrecia vivió en tres ciudades diferentes hasta que se instaló con nosotros cuando tenía ocho años. Al principio ni nos enterábamos ni nos interesaban las conversaciones de los mayores, pero después sí, cuando la tía Elena, relataba cada noche, protegida por dos grandes cirios que parecían enmarcarla y su silueta ondeaba en el comedor en función de la corriente que generaba el movimiento de sus brazos, la historia de su matrimonio con el tío Antonio. Mientras tanto, Lucrecia, parecía ausentarse del mundo, sentada en una silla frente a la puerta azul, siempre esperando a su padre. Era como si entrara en trance justo en el momento en el que, por alguna razón que desconocíamos, la tía Elena, comenzaba a contar su vida matrimonial, cinco minutos antes de las diez, momento en el que los puños golpeaban la puerta azul y las vecinas se sentaban junto a mamá, la abuela y la propia tía Elena. Entonces nos mandaban a la cama, pero nosotros nos quedábamos pegados a la puerta del dormitorio para escuchar una narración que nos envolvía porque, en realidad, la tía Elena, contaba un cuento, siempre el mismo, siempre enigmático, como la noche en la que vio menguar a su marido frente al último cuadro que realizó antes de terminar postrado en una cama retorciéndose por la cirrosis. Ese día supo que los cuadros de su marido habían superado los límites de su arte. Por eso, cuando el tío murió, la tía Elena, decidió volver con Lucrecia, harta de buscar junto al tío esencias, a casa de la abuela, con nosotros y nuestra madre, en aquel tiempo en el que todos los hombres habían muerto en una estúpida guerra. Sin embargo, la tía Elena, hablaba de él cada noche y para nosotros era como el padre que nunca habíamos conocido. La abuela lo había criado después de que a sus padres se los llevaran de paseo los nacionales. La abuela lo crió como un hijo; la tía Elena, decía que la abuela fue quien le traspasó el poder que ella tenía en sus manos para curar, y esa era la razón por la que el tío Antonio se convirtió en un gran pintor en el exilio.
En cambio, Lucrecia, parecía no interesarse por la historia que la tía Elena, reinventaba cada noche hasta bien entrada la madrugada. Lucrecia, únicamente se sentaba frente a la puerta azul de la casa, obsesionada. Y una noche, mientras espiábamos desde nuestra habitación, todas las vecinas ya alrededor del fuego, unos nudillos golpearon a la puerta. Lucrecia, salió corriendo para abrir, pero antes giró su cabeza buscando a la tía Elena, para decirle que había llegado la hora, que todo iba a suceder tal y como nuestra prima había pronosticado. Abrió la puerta y, por un instante, hubiésemos querido estar muertos ya que el tío Antonio, vestido completamente de azul, le abría los brazos a su hija para recibirla. El tío saludó y ambos atravesaron el quicio de la puerta azul. Por qué nos habían mentido, preguntamos indignados. Nadie contestó. Buscamos entonces a Lucrecia desde la ventana del dormitorio, pero los trazos celestes del cielo no lograron apaciguar nuestras almas doloridas ante su ausencia.
El resto del día transcurrió con un aire tan circunspecto como nuestro asombro, en silencio.
Cuando terminamos de cenar centramos la atención en la puerta azul. Una puerta como otra cualquiera, una puerta para protegernos, una puerta para los nudillos ajenos de las vecinas. La puerta por la que apareció el tío Antonio, llevándose a Lucrecia. No obstante, por qué una puerta azul en estas tierras del interior, secas y de frío afilado. La tierra ocre, las fachadas encaladas, pero nuestra casa... Sin duda aquella puerta azul nos comenzó a dejar embobados al contemplarla, sus vetas, el azul siguiéndolas sinuosamente. Entonces, como cada noche, las vecinas llegaron. Mamá nos mandó a la cama, y resistimos hasta que la tía Elena lo ordenó, podríamos jurarlo, con los labios sellados. Asustados, salimos disparados hacia la cama y cerramos la puerta del dormitorio. Algo extraño pasaba, aquella noche la tranquilidad de las conversaciones nocturnas se había esfumado y un parapeto espeso se instaló entre aquellas mujeres y nosotros tras la marcha de Lucrecia, tras la mentira de la muerte de un hombre que fue nuestro padre.
Sin embargo, vencimos al sueño y nos turnamos para averiguar lo que estaba ocurriendo.
La tía Elena, quiso hablar, pero la abuela la calló. Las cosas, dijo, no tienen siempre una explicación, en realidad, no sé a qué viene tanto extrañamiento, nunca nos fuimos aunque nunca volveremos; la inspiración no existe, -continuó la abuela-, pero debe buscarse, a fuerza de trabajo, hasta que, sin darte cuenta, aparece; entonces, todo cambia, el arrebato se parece a la tormenta cargada de granizo, y la calma, en sus postrimerías, es la razón sublime de nuestra existencia.
El hogar estaba iluminado por la fuerza sinuosa de las llamas. La tía Elena, encendió una vela y, con los ojos cerrados, intentó hallar asidero, pero se tambaleó y la abuela tuvo que ayudarla a sentarse. Luego, le contestó: Busco la generación, madre, e imploro existir, tengo derecho. Vana petición, respondió la abuela; esto es un juego al arbitrio de otro.
¿Acaso quieres hacernos creer que Lucrecia no partió anoche con Antonio?, inquirió la tía Elena, ¿y tú, mi hermana, los niños, acaso no están ellos en la habitación durmiendo? Bien sabes la respuesta, contestó parcamente la abuela. Después siguió protestando y nosotros comenzamos a sentir el frío de la fiebre. Toda una vida, la vuestra, dijo al fin la abuela, vista por los ojos de Lucrecia; es su voluntad, forjada por vosotros, qué duda cabe, pero su voluntad a fin de cuentas, y sólo somos huella; en cuanto a la tía, tú siempre deseaste una hermana y ella primos con quiénes jugar, pero tu abuelo murió demasiado pronto, así que de sobra sabes que nunca existieron; fue, Antonio, pese a su temprana muerte, ahíto de pinceladas cruentas e imposibles, el que la impulsó a tomar el pincel, antes de que todo acabara, y ella fue su motor, su más fiel seguidora, vosotros, tú, Elena, la locura de sus cuadros intimistas, lóbregos, tristes en un quejido tan potente como un alud, una madre en explosión de colores de vanguardia que anuncian la vida gracias a la pérdida de sus padres; Lucrecia está ahí fuera, sigue forjando vuestra existencia, a veces de forma críptica, otras a trazos rabiosos de un azul violento.
Entonces protestamos, pero la abuela pareció envolvernos y nos llevó ante una de las ventanas de la casa y, a través de ella, vimos nuestros rostros desfigurados; no eran más que manchas de color que, vistas a cierta distancia, nos otorgaban una identidad nítida; luego, nos sentamos en el suelo de la calle dándole la espalda a la puerta azul. En ese momento, escuchamos pasos fuera, susurros, parecía el canto de un coro lejano, como si se tratase de la voz de la tía Elena dentro de nosotros mismos. De pie, delante de la puerta azul, éramos contemplados por cientos de miradas ajenas que se acercaban y alejaban sin ningún sentido, que acreditaban nuestra existencia, que violaban nuestra intimidad. A la izquierda de la sala por la que circulaban aquellos desconocidos la abuela leyó: Biografías, por Antonio García, 1940-1974 y Lucrecia García, 1967-.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Vacaciones en la nieve
Pablo quería evitar más discusiones y pensó que lo mejor sería darse un baño caliente, intentar desentumecer los dedos, despejar su cabeza de reproches, desasirse de la sensación de culpabilidad que le inundaba desde que montaron en el avión. Sin embargo, Marta, apoyadas las manos en el radiador de la calefacción, seguía con sus reproches. Estaba ya harto del tema del niño; fue un aborto natural, no había duda. Cómo se le podía cruzar por la cabeza que él diera a su hijo en adopción por la situación en que Marta se encontraba; no podría vivir por el remordimiento, tomar una decisión tan trascendente sin contar con su mujer. Quizá debió prever que en enero se podría presentar un temporal en Los Alpes; pero quién iba a pensar que la nieve cayera y cayera sin parar. El día era opaco, no se veía más allá de los propios pasos y, con ese tiempo, no tendrían posibilidad de esquiar, ni de pasear, ni de olvidarse de nada si debían estar encerrados entre las paredes de la habitación. Pablo, sintió haber hecho caso al psiquiatra cuando les sugirió el viaje; hubiese bastado con Los Pirineos, incluso con Sierra Nevada; ellos, que eran de Málaga, sólo necesitaban escapar de la templanza de su tierra. Claro, él también estaba enfadado, también quería expresarlo, también sintió miedo en el coche hasta llegar al hotel; quedar atrapados en mitad de aquella nada espesa y gélida; la carretera helada entre aquellas montañas que ni siquiera podían ver pero que ellos adivinaban como si crecieran hasta conseguir envolverlos. Le hubiese gustado decirle a su mujer, -si Marta callara, si parase de agredirlo-, que Suiza no era España, que era un país preparado y acostumbrado a las nevadas, incluso a un temporal tan agresivo y desconocido para ellos; no tenía fuerzas; Marta, no callaría, lo amonestaría sin fin cada vez que él buscara palabras de consuelo. Ojalá estuvieran en Los Pirineos o en Sierra Nevada; encima no habría gastado tanto dinero en el viaje a Los Alpes; era un lujo para el sueldo de un maestro; si al menos Marta trabajara, pero desde que la conoció nunca lo había hecho, no pudo; las crisis fueron constantes, las depresiones, ese estar en el límite, la escapada, la huida y el regreso de quién sabe qué extraño lugar; incluso la madre de Marta le previno; la esquizofrenia no se curaría con amor, todo sería muy difícil entre ellos. Pero, Pablo, la amaba, amó a Marta desde que eran niños, desde que él y sus padres llegaron a la ciudad y se instalaron en aquel bajo comercial para montar una panadería; se cruzaba con Marta a diario, hasta que sus juegos labraron el amor que ya nunca le abandonaría; sí, la quería, la quería como a sí mismo, pese a las dificultades, pese a las visitas al psiquiatra, pese a sus fugas y sus retornos.Mientras se secaba el cuerpo, Pablo, tocó el radiador de la calefacción, notó que había dejado de estar tan caliente y la sensación de frío volvió de repente. Escuchaba a Marta hablar por teléfono; gritaba a quien estuviese al otro lado que el frío la iba a matar. Se habían quedado sin calefacción. Pablo buscó nuevas palabras, buscó como quien avanza a cuchilladas por la selva, pero sólo acertó a ponerse la ropa para bajar a recepción. Marta, más excitada si cabía, no paraba de recriminarle dónde la había traído, dónde estaba su hijo, y sus pastillas. Pablo, se paró delante de Marta mientras ella le gritaba; sintió que sus palabras parecían flotar, que se convertían en un vaho espeso; Pablo, exhausto, respiraba con dificultad como si hubiese subido a una cima helada, y su respiración provocaba en el ambiente un vaho blanco. El frío, insoportable, le hacía sentir que iba a perder el control sin remedio; y encima no paraba de nevar, nunca había contemplado una nevada tan agresiva.
No tardó en subir de nuevo a la habitación; enseguida vendrían los de mantenimiento y traerían aparatos eléctricos para calentar la habitación; por lo menos el frío pasaría allí dentro. Marta, sugirió él, podía tomar también un baño caliente y prepararse para la cena; a las seis, anunció, Pablo; ella, iracunda; en su vida cenó tan temprano, qué ocurriría a las doce, qué comerían entonces.
Pablo se marchó de la habitación para no discutir; bajó al bar, y pidió una cerveza. El camarero la dejó sobre el posavasos, mientras una escarcha gruesa resbalaba por el vaso; lentamente se precipitaba hasta el fondo. Los dedos, al agarrar el vaso, se le habían vuelto a entumecer. Por la ventana, copos inmensos caían; una ráfaga de viento los hacía estallar ocasionalmente en las ventanas; cada vez de forma más insistente; parecían piedras; una roca esta vez, un impacto seco contra el cristal que alertó a todos los presentes hasta entonces ajenos; un choque que apenas duró un segundo, pero a Pablo se le grabó en las sienes, un golpe que desintegró aquella roca de nieve en miles de agujas de hielo que le punzaban las sienes y, entonces, sintió un radial escalofrío que le provocó un pánico lacerante porque por primera vez en su vida pensó en la muerte de Marta.
Cuento elaborado el 28 de diciembre de 2005
jueves, 8 de octubre de 2009
ESPÍAS DE MEDIANOCHE
La habitación tiene las luces apagadas. Sin embargo, la luna llena ofrece una claridad mutilada, retazos tenues que se cuelan por la única ventana que existe. Claroscuros sin apenas contraste. Pese a todo, puede distinguirse la silueta de dos mujeres. Una de ellas sentada frente a la ventana, y la otra está apoyada en una de las paredes de la habitación.- ¿Cómo estás, Paquita? ¿Hoy te ha comido la lengua el gato?
- ¿Cómo quieres que esté, Consuelo? Lo mismo que anoche.
- ¡Ay, qué mujer esta! Vieja, así es como estás.
- Pues eso será. Bueno, ¿qué?, ¿te cuento o no?
- Cuenta, claro; estoy que no vivo. ¿Qué sabes de nuevo?
- Por cierto, ¿qué has hecho de cena esta noche, Paquita? Me llegaba un olor desagradable. Seguro que has vuelto a quemar la comida.
- Pues qué va a ser, la leche, que la he puesto en el fuego, y me he quedado embobada con la televisión; y cuando he querido acordar, la hornilla echa un asco.
- A mí eso no me pasa, y luego dices que la vieja soy yo. El secreto está en no cocinar.
- Déjate ahora de tonterías, viejas estamos las dos. Cuenta mujer.
- Verás, estamos a punto de averiguar lo que sucede en esa casa. Lo presiento. Cerca, muy cerca, Consuelo.
- No te creo, son cosas tuyas. Ahí pasa algo feo, eso lo sabemos, pero no entiendo por qué estamos tan cerca.
- No sé mujer, la verdad. Puede que sea un presentimiento, no más.
- ¿Y tu nieta?, ¿te ha llamado hoy?, ¿cuándo vendrá a dar una vuelta?
- ¡Cotilla!
- Cotilla no, Paquita, pregunto porque me intereso por ti, a mí no me gusta meter las narices en lo ajeno; vamos, que me da igual. Si no me quieres contar, allá tú.
- Sí claro, y yo que me lo creo; a ti nunca te dio igual un so que un arre. Además, si lo ajeno no te interesa, dime qué haces aquí conmigo espiando el piso de enfrente.
- Mujer, no es lo mismo.
- ¡No puedo contigo, Consuelo!, bien sabe Dios que los años no aplacan el mal genio que me produces, pero también es cierto que la paciencia, si es una virtud, me hará ganar el cielo.
- Qué exagerada eres, Paquita; y menos mal que tu mal genio me hace gracia, de verdad.
- Bueno, ¿quieres saber o ponemos la radio y se acabó?
- Ayer me dijiste que subieron un poco las persianas, y que viste a alguien al trasluz. Mira, a mí todo esto me da miedo; tiene pinta de vivir ahí gente que se esconde de algo, de eso no tengo duda.
- Lo importante, Consuelo, es que hoy tenemos algo que no teníamos ayer. Mira, esto son unos prismáticos que me ha traído mi nieta.
- Entonces, ¿ha venido hoy a verte?; ¿y cómo está, se casa ya por fin o se va a vivir con su novio?
- ¡Vete bien lejos, Consuelo! De modo que te enseño los prismáticos..., este chisme que nos acerca de verdad, a lo que está ocurriendo en ese piso, y entras al cotilleo.
- Pero es que me hace gracia lo de las lentes esas. Bueno, y miedo, ya te digo, miedo también me da, porque igual tienen a alguien secuestrado, o son ladrones, o peor, con los tiempos que corren y lo que se oye, terroristas.
- Perdona que te diga, Consuelo, y que Dios me perdone, pero tú eres idiota. Que no abran nunca las persianas, que no veamos a vecinas nuevas salir y entrar, no quiere decir que en ese piso viva gente maleante.
- Pues tú me dirás. Pero, hay algo que no entiendo. Ayer me dijiste que no era un piso, que parecía un dúplex, y esta noche me hablas de un piso. Un bloque desde luego, no es.
- ¿Cómo va a ser un bloque, hija mía? Es una casa de dos plantas, la planta baja, ¿la ves?, y la primera, donde sucede vaya a usted a saber qué.
- ¡Por Dios, Paquita, estoy poniéndole emoción! Qué poco delicada eres, hija.
- ¡Ignorante!
- De modo que tú si me puedes decir idiota, y yo no puedo nunca meterme contigo.
- Esto es imposible, contigo ser espía es un tormento.
- ¡Claro, si tú eres Hercules Poirot! ¡Qué digo, Paquita Poirot!... ¡Por Cristo bendito, mira qué pinta tienes con los prismáticos!
- ¡Cielo santo, acaban de subir la persiana!
- No me lo creo.
- Hay una mujer fumando un cigarro en la baranda del balcón.
- ¡A mí no me engatusas con eso!
- Mejor compruébalo tú misma.
- Paquita, que me da algo, es una enfermera, y vaya trasiego de gente que se ve; la luz es muy débil, pero se ve todo perfectamente.
- Te dije mujer que mi nieta era un sol.
- Desde luego; es la primera cosa con sentido que has dicho esta noche.
- ¡Ah!, ¿no te he dicho que se ha comprado un piso con su novio?
- ¿En serio?
- Creo que se casarán pronto.
- Paquita, no sabes cómo me alegro. Pero dime, vuelve al piso, ¿qué ves?
- Tira la ceniza por el balcón. Yo pienso que en cuanto termine la carrera y tenga trabajo se casarán, porque mi nieta tiene pinta de querer un hijo pronto.
- Eso desde luego; los niños hay que criarlos cuando una está joven.
- Pero si tú nunca has tenido hijos, Consuelo.
- Tengo vida, Paquita, tengo mucha vida y una aprende más de lo que quisiera.
- ¡Oye! ¿Eso no será una clínica abortiva? ¡Ay, Santo Dios!
- Por qué no me calientas un poco de leche, Consuelo, esto va para largo y noto nervios en el estómago. Que esté bien calentita, por favor.
- Claro mi vida, ahora mismo.
- Sin tirar nada.
- ¡Cállate! Sigue, sigue contándome lo que ves.
- ¡Consuelo!, ¿qué ha sido eso, qué has tirado?
- ¿Cómo se te ocurre apilar los vasos de esta manera? ¡Sólo tienes tres vasos y los pones uno sobre otro!
- ¡Desde luego, naciste tonta! Y eso que estudiaste y todo, pero te hicieron las manos de gachas. No llores, Consuelo, que al final me voy a sentir mal.
- ¡Sólo de vieja he hecho yo estas cosas, bien lo sabes! Una no tiene la culpa. Que hubiese criada en casa también era causa de problemas.
- Esta chica se nos va de la ventana, Consuelo.
- ¿La enfermera?
- La misma, Consuelo, ¿quién si no? Calla ahora, mucho silencio, que no nos oiga nadie.
- ¡Ay, por Dios, el timbre!; ¿quién será, Paquita, a estas horas?
- ¡Y yo qué sé! ¡Cálmate, por favor! Abre tú, que yo con la silla de ruedas tardo una eternidad. Pero pregunta quién es.
- ¿Sí, quién va?
- ¡Señoras, por favor!
- Señorita, alguna todavía somos señorita.
- ¿Qué hace usted aquí, Consuelo, a estas horas? Se ha oído un ruido y me han avisado de control. ¿Qué ha pasado?
- ¡Consuelo, que tiene las manos de trapo!
- ¡La próxima vez te calientas tú la leche!
- Vamos, por favor, dejen de pelearse. Mañana es día de visita, y es mejor que se acuesten ahora. Vaya usted a su habitación, Consuelo, que yo ayudaré a la señora Paquita a que se acueste.
- Buenas noches señorita; buenas noches, Paquita. Siento lo del vaso.
- ¡De trapo, las manos de trapo, Señor!
jueves, 3 de septiembre de 2009
De esta noche no pasa
El ruido de los niños, ensordecedor, a pesar de estar en la habitación de los juegos, a pesar de la puerta cerrada de la biblioteca. Sofía, suelta el bolígrafo contra el diario y sube. Entra en la habitación. Se dirige hacia Carlos y la bofetada le desvía el rostro. Las niñas parecen congeladas por la reacción de la madre y, al instante, las coge por los hombros y las zarandea.
- ¡A callar he dicho! ¿Me oís? Ahora mismo cogéis vuestras cosas y os metéis en el baño. Cada uno a lo suyo. Y no quiero sentir ni una palabra más. La cena, en la cocina. Carlos la calentará en el microondas. Luego, a la cama. Creo que ha quedado claro, -mientras su hijo se muerde el labio para no llorar; cubre por los hombros a las pequeñas y las conduce a su habitación-.
Sofía, baja de nuevo a la biblioteca, pega un portazo y vuelve al diario. Se sienta y coge el bolígrafo pero de inmediato lo deja caer y llora desconsolada. Pasa un rato. Se seca las lágrimas y acude al mueble-bar, añade hielo al vaso, una rodaja de limón, y vierte un poco de ginebra.
De esta noche no pasa. Lo peor de todo no es que me seas infiel, ni que me engañes. Serás hijo de puta. Ni que te acuestes con Claudia, sino que ni siquiera te escondas. Tienes la suficiente inteligencia y dinero como para hacerlo a escondidas, para no tener que hacerme pasar por esta humillación. La verdad, no podía ser con otra. Siempre se retorcía demasiado mientras bailaba contigo, y más después de que, Armando, se marchara a Valencia. Qué listo ha sido. Ahí os quedáis todos. Los niños para Claudia y a vivir la vida. Un cabrón, Jacobo, eres un falso. Cómo odio tu grupo, tus amigos de facultad. Un viernes de cada mes, siempre lo mismo, la estúpida cena, los cantos cuando el alcohol rezuma, y luego la cocaína, como niños imbéciles. Ni un polvo que merezca la pena. Y lo más terrible, soportar a sus mujeres. Mis amigas…, menudas amigas. Conversaciones vacías. Dios mío, qué voy a decirle a mis padres. No dejes el banco, Sofía, no dejes el banco. No te cuesta nada echar unas horas, tienes libertad, tu suegro lo arreglará, los conoce a todos. Pero no, primero tus pacientes, tu investigación, tus congresos, tus malditos viajes. Un año, otro, y otro, todos los días iguales: Me visto, me pinto, acudo al encuentro, y de nuevo me encuentro con las mismas caras. Lo mejor es que si nos separamos no pasa nada, decía la maldita, Claudia. Se ha ido, contaba, se ha ido y me ha dejado los críos; y qué, tiene que mandar el suficiente dinero para mantenerlos, y yo no voy a bajar mi nivel de vida, se lo dejé bien claro: El que quiere una vida nueva tiene que pagarla, y él la va a pagar; yo ahora, ya veis, no doy explicaciones, mis compras, el gimnasio, citas con nuevos hombres, y a no pensar. Al principio, Claudia, lloraba. Tenía miedo. Una cree perder cosas, pero ahora lo veo todo diáfano: Unas sesiones de psicólogo y a gozarla. Y como siempre, después de tomar café nos vamos de tiendas, hasta que es mediodía y nos tomamos el aperitivo. Luego cada cual a su casa. Entretanto nos observamos, nos medimos: Los kilos de más, el pecho que se cae. Mierda y más mierda. Sólo mierda. Fantoches. Yo no vuelvo a casa de Pepa López, tiene la ropa cada vez más vulgar, y no sé, una busca exclusividad. Estás equivocada, mi amor, Pepa es muy exclusiva, y hasta el nombre, la marca, tiene su no sé qué, lo que ocurre es que está abriendo otros mercados, como el italiano. Ni siquiera saben de qué hablan. Todo es apariencia entre nosotras, entreverar la necedad con la sensación de estilo. Por modas, como ahora con la lectura. Desde que Rosa descubrió a Carmen Posadas, todas como moscas a leer, como tontas, como supuestas chicas en onda, pero la madurez está aquí con nosotras. No lo queremos ver, pero andamos más cerca de los cincuenta que otra cosa. Qué desastre de vida. Dios mío, no creo que pueda soportar los comentarios de las demás. Qué pensarán cuando, Claudia, me dirija la palabra, cuando nos vayamos las dos y se sienten todas a hablar de los tres. No va a suceder, por Dios; creerán que soy una ignorante, una imbécil. Podré ser una cornuda, pero necia, no, por ahí no paso. Qué fracaso, ahora que nos hemos mudado a esta casa nueva. Y qué vamos a hacer con la de Tarifa. Pero todo será de mis hijos, y mío. No señor, no estoy dispuesta. De esta noche no pasa.
Jacobo entró hace un rato. Ha subido a ver a los niños. Se le oye hablar con su hijo, Carlos. Luego baja y entra en la biblioteca.
- ¿Por qué le has dado una bofetada a Carlos?, -pregunta con cierto enfado-.
- Estaban armando un jaleo espantoso, querido. Espantoso, Jacobo. Me he puesto nerviosa y no he podido reprimirme. Además, no tengo ganas de hablar, -dice Sofía sin mirar a la cara de su marido mientras se sienta en el sofá y cruza las piernas al tiempo que un nuevo sorbo de ginebra recorre su garganta-.
- ¿Te ocurre algo?
- ¿Has cenado?
- Será mejor que no te pregunte. Mañana me lo cuentas, ¿te parece? Voy a subir a cambiarme que estoy hecho polvo.
- La muchacha ha dejado carne en salsa.
- No tengo apetito. ¿Tú has comido algo?, -mientras se acerca y besa a Sofía en la frente-.
Sofía, conforme se aleja su marido murmura algo entre dientes.
- ¿Decías algo nena?
- Que te cambies mientras yo voy calentando la cena. Ha sido un día muy largo para todos, y esta noche me quiero ir pronto a la cama.

